“No debemos olvidar que para construirnos como personas necesitamos el no”

Cuando hablamos de maltrato, en la mayoría de los casos el niño es la víctima pero también hay familias en las que son los menores los que ejercen la violencia. Por lo general estos niños son violentos con sus familiares, sus padres o hermanos; con sus iguales, como los compañeros de clase, o incluso con figuras autoritarias como los profesores. En la Charla selenita de esta semana hablamos de la tiranía infantil con Patricia de Eusebio, psicóloga, especialista en Psicodrama, en  Psicología de la Maternidad y en Psicopatología de la Infancia y la Adolescencia.

Foto Patricia

¿A qué tipos de perfil suelen responder los niños violentos?
Personalmente no me gusta generalizar porque cada caso es diferente, pero si nos fijamos en las estadísticas estamos hablando de niños varones, de entre 12 y 18 años con las siguientes características:
– Niños egocéntricos, cuando ya han tenido que dejar de serlo según su desarrollo evolutivo. Es decir niños o jóvenes que siguen considerando que el mundo gira a su alrededor y que las demás personas están a su servicio.
– Niños hedonistas, que no tienen otro objetivo que la satisfacción inmediata. No comprenden el compromiso, ni la responsabilidad, ni el sacrificio como formas de obtener esa satisfacción, sino que el “aquí y ahora” son su única manera de la obtención de la misma.
– Niños con violencia aprendida. Como todo, también se aprende el modo de respuesta ante algo que nos molesta, nos perturba o nos disgusta. La tiranía también se aprende.
– Niños impulsivos, es decir, que responden casi siempre con actuación impulsiva.
– Niños con problemas psicológicos. No necesariamente tienen que ser diagnósticos graves: la baja autoestima, dificultades en las relaciones sociales, adicciones a las drogas, celos, ansiedad o estrés postraumático pueden ser algunas de los problemas que lleven a comportarse de forma violenta.

¿Cómo suelen manifestar esa violencia?
Entendemos la violencia como una forma intencionada de hacer daño, físico o psíquico, a otra persona. Puede ser una violencia o agresividad actuada, también un chantaje emocional, atemorizando y culpabilizando al otro, acompañada de desvalorización de los que le rodean… La manifestación de esa violencia suele ser exhibicionista, y mucho más hoy en días, que las redes sociales dan cabida a todo esto.

¿A partir de qué edad podemos certificar que existe un problema de este tipo?
Desde el año de vida, es normal que aparezca la agresividad en el niño (hay etapas en las que la frustración es la constante). Esta agresividad es el sentimiento lícito que debemos ir aprendiendo a manejar poco a poco. Sin embargo la violencia es la actuación incontrolada de ese sentimiento agresivo. No hay una edad concreta, podemos decir que tenemos un problema de violencia cuando sentimos que nuestro hijo ha pasado de ser “el Rey de la casa” al “Tirano de la casa”.

¿Dónde suele estar el origen de este tipo de problemas?
En mi opinión, una de las causas más importantes es que vivimos en una sociedad muy permisiva que contempla y educa a los niños en sus derechos pero muy poco en sus obligaciones. El cambio llegará cuando entendamos que el límite no sólo no daña a nuestros hijos, sino que los sostiene, los ayuda y es imprescindible.

¿Qué primeros síntomas nos pueden indicar que nuestro hijo es violento?
Debemos estar alerta cuando los niños no toleran la frustración o responden con impulsividad a esa frustración sin tener en cuenta al otro. Por ejemplo, todos hemos vivido situaciones en las que el niño tira con rabia el bocadillo que le ha preparado su madre porque no le gusta, o que da una patada a su padre cuando no le da algo que desea, o que insulta a un desconocido o que agrede a un animal sin motivo o que simplemente juega a romper los juguetes. Pero no debemos olvidar que por lo general esta actitud de los niños va acompañada de una respuesta del adulto poco delimitante. Por ejemplo la madre compra después un bollo, el padre no le dice nada o le excusa como “cosas de niños”.

Entiendo que la solución debe ser muy compleja pero ¿por dónde empieza?
Es difícil decirlo. En realidad hay que cambiar un circulo relacional entre ambas partes (no hay agresor sin agredido, ni viceversa). Debemos cambiar nuestra forma de comunicarnos con ellos, debemos ofrecer patrones de convivencia distintos, tenemos que hacer un gran esfuerzo común en la misma dirección, escuchar a nuestro hijo, sus verdaderas necesidades, debemos ofrecérselas, pasar tiempo con él, saber con quién sale, quién es…. A veces no conocemos a nuestros hijos y sólo sabemos que es violento.

¿Cómo deben actuar los familiares?
Los padres debemos aprender a decir “NO”. Desde el comienzo de la educación, nuestros hijos deben sentir la frustración. Aunque parezca duro, entender que uno no lo es todo ni lo puede conseguir todo, es uno de los pilares fundamentales del desarrollo de nuestros hijos.

El número de límites y de prohibiciones que tenemos que poner a nuestros hijos es inversamente proporcional al número de años que tengan. Se trata de una pirámide en la que apoyamos toda la estructura de la educación y la formación de la persona. Sin embargo en este momento, para los padres de hoy, es más fácil dejar a nuestros hijos libres y sin obligaciones cuando son pequeños (porque no hay dificultades apenas). Pero cuando llega la adolescencia, etapa en la que aumentan los peligros y las preocupaciones (estudios, drogas, malas compañías…) tratamos de poner normas y nuestros hijos no están acostumbrados a ello, por lo que se revelan con toda su fuerza (a veces con violencia). No debemos olvidar que para construirnos como personas necesitamos el NO.

Y la sociedad, los colegios… ¿estamos preparados para tratar este tipo de problemas?
Desde las leyes y desde el pensamiento colectivo actual, hemos ido quitando autoridad poco a poco, a todos los colectivos que trabajan con niños. Muchos padres desautorizan a los profesores de sus hijos, o a los vecinos, o incluso al otro cónyuge. Esto hace flaco favor a nuestros niños. El tratar con este tipo de niños y con este tipo de problemas, pasa por la recuperación de la autoridad, que no del autoritarismo.

Y para terminar, ¿qué consejo darías a unos padres que están sufriendo la violencia a manos de su hijo?
Cuando ya se han intentado varias soluciones en la familia y no se ha conseguido, es necesario recurrir a un profesional especializado en terapia de familia y en violencia, nos ayudará a manejar la situación con nuevas pautas y sobre todo a encontrar el compromiso del niño para el cambio.

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